Llegan las vacaciones, ansiadas para la mayoría.
Y es que los niveles de estrés, ansiedad y burn out de nuestra sociedad llega a límites insospechados. Entre los principales motivos, la propia exigencia laboral y el estar disponibles constantemente a través de los medios digitales. Lo cual no nos permite descansar y desconectar realmente. El filósofo recientemente galardonado con el premio Princesa de Asturias, Byung-Chul Han, nos habla en su obra La sociedad del cansancio sobre cómo la productividad se ha convertido en el valor social más importante. La productividad incesante nos lleva a una imposibilidad de descanso, a una exigencia desbocada que nos impide saber parar y descansar, incluso en el ocio, ya que hemos exportado este modus operandi al tiempo libre.
La exigencia y la productividad ha colonizado otros aspectos de nuestra vida. El célebre FOMO, el estado que describe la ansiedad por perderse algo, es sentir la presión de participar de los mejores planes, estar en todos los eventos, hacer todos viajes y conciertos posibles. Refleja una vida ideal de disfrute y plenitud. Aunque con este ansia está bastante lejos de ser así.
Otro factor de presión a la que estamos expuestos es la felicidad. La exigencia de estar felices constantemente. Es lo socialmente celebrado y sinónimo de éxito, por tanto es lo que se exhibe en las redes sociales. Tener y vivir experiencias felices es un producto de consumo, en definitiva la felicidad está a tu alcance por un módico precio. Este discurso genera mucha frustración y culpa. Hay personas que por su situación vital o económica no pueden acceder a determinados recursos, o simplemente no están en un buen momento. Son estados y momentos de la vida totalmente normales. Es imposible estar felices y contentos siempre. Sin embargo, con este tipo de mensajes que recibimos parece que si no lo somos, estamos haciendo algo mal. Y no es cierto.
Ahora con las vacaciones existe la cara B de la felicidad, personas que no tienen recursos económicos, o simple y llanamente personas a las que no les apetece viajar, personas que están solas y no tienen ningún plan fantástico, o alguien que atraviese un momento de pérdida. Esta Happycracia, como la denomina el psicólogo Edgar Cabanas, separa emociones positivas y negativas. Cuando es escandalosamente falso e injusto. Todas las emociones son necesarias. Menos mal que la película Del revés muy didácticamente nos enseñó a ver la importancia de las mal llamadas emociones negativas. Ensalzaba la importancia de la tristeza en momentos de crisis, para poder hacer una pausa instrospectiva en nuestra vida que nos permita descansar y reflexionar sobre las cuestiones importantes. Afortundamente, la tristeza nos quita energía para hacernos parar, es su cometido y es bueno.
Ante estas exigencias nos vemos empujados de forma implícita a rendir en el trabajo, a aprovechar el tiempo de ocio, a exprimir las vacaciones y a ser felices todo el tiempo.
Como alternativa saludable, celebremos el descanso, la improductividad, aprendamos a no hacer nada, escuchémonos y permitámonos sentirnos como sea, sin autocrítica, sino acompañándonos con lo que sintamos sea lo que sea. Es lo que necesita el cuerpo y el corazón. Hacer espacio a lo que hay.
El filósofo Evaristo Vall Boix en su libro JOMO desarrolla este concepto como alternativa vital al actual FOMO. The Joy of missing out es la alegría de perder. El filósofo propone retirarse de la estimulación, perderse planes, perder el tiempo, retozar y descansar. Sin embargo, en la vida real hacer esto no siempre conlleva alegría, porque nunca ha sido fácil remar contra corriente. Nos encontraremos que la mayoría de personas a nuestro alrededor están inmersas en este flujo de ansiedad, multitasking, hiperconectividad, estimulación constante, depresión, insomnio, bruxismo, en esta carrera desaforada por el rendimiento y la felicidad.
Esta reflexión veraniega y vacacional es para animarnos de la mano de tres filósofos a parar, descansar, dejarlo caer todo y empezar a sintonizar con lo que realmente necesitamos. Ojalá podamos. Que la rebeldía perezosa nos acompañe.
Adela G. Molina





